Resums d’Història Moderna

Resums d’Història Moderna del grup 2 d’Humanitats

Religión y cultura en el siglo XVIII – Ana Belén Morán

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Para el estudio de la cultura y la religión del siglo XVIII conviene distinguir entre la primera mitad de siglo y la segunda mitad, dividiendo esta última entre las décadas anteriores a 1789 y los años posteriores a la revolución. Es preciso también señalar la notoria influencia de la Iglesia (ya sea católica, protestante o calvinista) en la determinación de la forma de vida, ideas y cultura de los europeos, hasta tal punto que el autor afirma que este podría llamarse «la época de la religión» o «el siglo cristiano».

La primera mitad del siglo XVIII
La importancia de la religión durante la 1ª mitad del siglo XVIII, periodo en el que la Iglesia seguía ganando influencia en numerosos ámbitos de la vida europea llegando incluso a tener en algunos aspectos un dominio mayor que en épocas anteriores, se ha visto infravalorada por la exagerada e inmediata repercusión sobre la religión que la historiografía moderna quiso dar a dos acontecimientos del siglo anterior: el fin de las guerras de religión y los avances científicos que dieron lugar a la llamada «revolución científica».
Si bien es cierto que la Paz de Westfalia condujo al fin de las guerras de religión en los territorios de Sacro Imperio Romano Germánico y supuso una mayor tolerancia religiosa al obligar a muchos gobernantes a tolerar diferentes cultos, los conflictos religiosos no cesaron en otros territorios y, dentro del Imperio, las diferentes confesiones lucharon por avanzar su posición sobre las otras mediante un proselitismo agresivo. Mientras que los calvinistas fueron los menos exitosos en esta empresa, la Iglesia luterana generó un movimiento evangélico conocido como pietismo que promovió con éxito una intensa devoción religiosa, trabajos educativos y actividades misioneras. En cuanto al catolicismo, a diferencia de lo comúnmente aceptado, la 1ª mitad del siglo XVIII supone el apogeo de la Contrarreforma. Es en este periodo cuando numerosos monarcas se convirtieron al catolicismo al considerarse el fundamento natural de la monarquía absoluta, al mismo tiempo que aumentaban el número de cofradías y confraternidades religiosas, crecía la devoción hacia la Eucaristía y el culto a la Virgen María, etc. A mitad de siglo la riqueza y las tierras de la Iglesia seguían creciendo, se alcanza el nivel más alto hasta entonces conocido de clero secular en relación al resto de población y la influencia de órdenes como la jesuita y la franciscana continúan aumentando. Además, a pesar de lo que se ha denominado como «la crisis de la conciencia europea», fruto de las ideas y descubrimientos de la revolución científica, el catolicismo todavía seguía afianzando su control intelectual sobre el pueblo llano y hubo un notable aumento del número de obras de contenido religioso publicadas. Sin embargo durante estos años el catolicismo se enfrenta también a una controversia doctrinal que divide la opinión de sus fieles. El jansenismo, un movimiento puritano de devoción religiosa, reabrirá el debate acerca de la importancia de la fe y los actos individuales frente a la gracia a la hora de obtener la salvación.
En cuanto a la cultura de esta primera mitad de siglo, entre 1685 y 1750 tuvo lugar un importante florecimiento de las artes, especialmente de la arquitectura y la música. Siendo soberanos, nobles y miembros de la Iglesia (especialmente la católica) quienes tenían el dominio casi absoluto del mecenazgo en las grandes empresas artísticas palacios e iglesias, estas se utilizaban como expresión del poder, la riqueza y la superioridad de estos estamentos. El estilo característico de esta época es el barroco, una forma particular de clasicismo que, a diferencia del arte clasicista anterior, no busca expresar una armonía estática sino el movimiento, la emotividad y el virtuosismo. A pesar de que abundan las muestras de arte laico barroco, este estilo está particularmente asociado al arte impulsado por la Iglesia católica de la Contrarreforma, y por ello se adapta a los objetivos de esta: despertar la devoción de los fieles e insistir en aquellos dogmas en los que la Iglesia se había reafirmado (culto a los Santos, importancia de los Sacramentos y del papel mediador de la Iglesia, etc.). Los países en los que el arte barroco irrumpió con mayor fuerza son España, Portugal, Italia, Alemania y las tierras austríacas, a pesar de que uno de los edificios más emblemáticos de la época sea el Palacio de Versalles, en Francia, que combina características propias del barroco con un estilo más sobrio y de tendencias clasicistas más tradicionales.
La música es otro arte que conoce un notable desarrollo durante esta época, especialmente en dos manifestaciones: la música litúrgica y la opera seria. La Iglesia católica y luterana, desde que incorporó considerables instituciones de voces en la liturgia, se convirtió en el principal mecenas de compositores y actores, subministrando casi toda la formación musical que existía. Producía numerosas cantatas y música para los oratorios y las representaciones de la pasión de Cristo, apelando siempre a las emociones de los fieles que el espíritu de la Contrarreforma tanto se esforzó por despertar. En cuanto a la opera seria, de origen italiano, a menudo se representaba en los teatros de la corte y era encargada y costeada directamente por el soberano con motivo de una celebración especial. La obra, que buscaba la identificación del soberano con el héroe de esta, acababa siendo una expresión más de la grandeza del monarca.
De entre los países protestantes destaca el caso de Gran Bretaña por sus singularidades políticas, sociales y culturales. A diferencia del resto de estados europeos, en esta región había una mayor libertad de expresión y de información que condujo al nacimiento del fenómeno bautizado con el nombre de la «esfera pública» (la formación de un público, una opinión pública, etc.).

La segunda mitad del siglo XVIII
Hacia 1750 tiene lugar una inversión de la mayoría de las tendencias de la 1ª mitad de siglo, que se vuelve más acusada a partir de 1770 y que produce un retroceso de las iglesias (especialmente la católica) en casi todos sus frentes de poder, riqueza e influencia. Este hecho puede relacionarse hasta cierto punto con el movimiento intelectual de la época, al que se le ha dado el nombre de Ilustración, pero no se le debe atribuir un papel tan decisivo como los historiadores y los propios ilustrados han querido darle. La Ilustración puede considerarse un movimiento de laicización ya que muchos de sus líderes intentaron restringir, más que eliminar, la influencia del cristianismo en casi todas las ramas del conocimiento, introduciendo una actitud escéptica y crítica que se cuestiona algunas de las más asumidas creencias cristianas. Muestra de ello es la Encyclopédie francesa, la obra más popular de la Ilustración. Muchos clérigos fueron promotores de los nuevos puntos de vista propuestos durante esta época, aunque en general sus ideas fueron objeto de censura y críticas por parte del papado y un gran sector de clérigos y laicos de mentalidad conservadora.
Otro factor que explica la pérdida de influencia y poder por parte de la Iglesia durante la 2ª mitad de siglo es el declive del barroco, que dio lugar a una reacción general contra la ostentación pública de la riqueza y el poder. Con la decadencia de la ostentación y la piedad barrocas también se produjo una revisión de las actitudes triunfalistas de la Contrarreforma, provocando una reacción en el seno de la propia Iglesia cuyo representante más destacado es Ludovico Antonio Muratori. Su pensamiento, hoy visto como parte de una «Ilustración católica», defiende una reforma eclesiástica que contempla aspectos como la disminución de la riqueza y la corrupción del clero o el fomento de una mayor tolerancia religiosa. El declive de la cultura barroca, que había atraído tanto a las clases altas como al pueblo llano, produce también una nueva actitud de desdén de las clases altas ilustradas hacia las actitudes populares. Los propios autores de la Ilustración se pronunciaron a favor de manifestaciones artísticas y culturales más refinadas, intelectuales y moralistas. La nobleza fue apartándose cada vez más del trato con las clases sociales más desfavorecidas y los entretenimientos y costumbres propios de estas, provocando el crecimiento de la conciencia de clase media y el culto a la respetabilidad.
Otro suceso determinante en el declive de la Iglesia fue la caída de los jesuitas, que tuvo lugar entre 1750 y 1789. El origen de las expulsiones fue Portugal y los motivos más políticos que religiosos, ya que los jesuitas estaban dirigiendo un verdadero Estado dentro del Estado en los territorios portugueses de Suramérica, desafiando los principios absolutistas. Tras ser expulsados de otros países como Francia y España, la presión sobre el papa hizo que este finalmente disolviese la orden, provocando importantes consecuencias en toda Europa. Una de las más destacadas son los efectos que tuvo sobre la educación secundaria y universitaria, ya que provocó el aumento del papel del clero secular e incluso de los laicos en la enseñanza, haciendo del nuevo sistema educativo un modelo más supeditado al Estado y sus necesidades.
Por otro lado el triunfo de países protestantes como el de Gran Bretaña en la guerra de sucesión austríaca y en la de los Siete Años llevó a los soberanos y ministros de los países católicos a reexaminar sus políticas eclesiásticas y plantearse medidas como la apropiación de tierras de la Iglesia, la imposición de la tolerancia religiosa o incluso el permitir el matrimonio de los sacerdotes para producir un aumento de la población. La consideración de estas medidas no fue fruto de la influencia de las ideas de la Ilustración como comúnmente se ha aceptado, sino que tuvieron como objetivo el igualar en ingresos y ejército a los países protestantes.
En general puede afirmarse que la cultura de la segunda mitad del siglo XVIII se vuelve más compleja y heterogénea. Mientras que en las artes plásticas destaca el eclecticismo y la diversidad – con una predominancia del estilo neoclásico, fuertemente influenciado por los recientes descubrimientos de Herculano y Pompeya -, la música instrumental conoce un notable florecimiento y el desarrollo intelectual de las élites europeas se vuelve muy cosmopolita (el grad tour por Italia, la moda por todo lo francés, etc.). Dentro del movimiento ilustrado surgen además nuevas tendencias que amenazan con subvertirlo, como las ideas de Rousseau, a la vez que se desarrolla un movimiento popular y religioso en Gran Bretaña que se opone a la mayor parte de las tendencias de la Ilustración: el metodismo. Como rasgos destacables de este periodo debemos incluir también el aumento general de la alfabetización en muchos países y el final de la caza de brujas iniciada a finales del siglo XV.
A pesar de los importantes cambios que sufrió la iglesia entre 1750 y 1780, no hay muestras de que los soberanos y la mayoría de los ciudadanos europeos fuesen conscientes de las medidas en su contra que iban a tomarse con el estallido de la Revolución Francesa. Incluso se sabe que el pueblo francés manifestó en los Estados Generales de 1789 un fuerte apego a la Iglesia y la esperanza de que el rey la reformase. Por ello, el extremismo de la revolución debe enmarcarse en las amenazas de conspiraciones, revueltas y en la presión de las masas recién emancipadas, que provocaron que la Asamblea se alejase de los deseos del pueblo tal y como estaban expresados en los cahiers redactados para los Estados Generales. Las consecuencias de este extremismo fueron las medidas que dieron lugar a la secularización de Francia: el Estado ya no estaba formalmente vinculado a una iglesia particular, este remodeló la estructura de la Iglesia católica e incautó todas sus propiedades, además de abolir todos los privilegios del clero. La instauración de un culto al Ser Supremo, vigente hasta 1794, ha llevado a hablar incluso de un proceso de descristianización. Por otro lado la cultura francesa de la época se hizo en teoría más democrática, siendo ejemplo de ello la escuela de pintura de J.L. David.
Fuera de Francia, la brutalidad y extremismo de la revolución produjo tendencias contrarrevolucionarias en casi todos los países, donde la iglesia recuperó prestigio entre las clases altas. La censura se hizo más severa para frenar el avance de las ideas revolucionarias, y se acusó al ateísmo de los philosophes de haber inspirado los excesos de la revolución. Sin embargo, a pesar de las restricciones, la década de 1790 fue, fuera de Francia, una década de revolución cultural. Destaca el desarrollo del Romanticismo, que glorificaba la individualidad del artista, rechazaba las reglas clásicas y exploraba el mito, la fantasía y la magia.

Written by Carles Sagan

Juny 21, 2008 a 9:29 pm

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